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En un curso de historia de la filosofía antigua, he podido compartir con mis estudiantes la lectura de una de esas obras imperecederas en la historia de nuestra cultura: La apología de Sócrates, de Platón.

El texto es una reconstrucción literaria de la defensa que Sócrates realiza, ante un tribunal ateniense, de las acusaciones de un trío de jóvenes de la aristocracia de Atenas: Anito, Meleto y Licón. 

Sócrates es acusado de impiedad y de corromper con sus ideas a la juventud.

En nuestra lectura colectiva de la obra, nos hemos detenido  en un momento inicial de la apología, donde Sócrates señala que contra él existen dos clases de acusadores: quienes han realizado la acusación formal y los más peligrosos, aquellos que desde hace mucho tiempo, han contribuido a conformar una imagen de él, en la ciudad, como impío y embaucador.

¿Por qué considera Sócrates que son estos más peligrosos que quienes se encuentran en el tribunal dispuestos a argumentar para condenarle? Porque son los que han ido inculcando en la mente de los ciudadanos atenienses, incluyendo en las de quienes son parte del jurado, una imagen desfavorable de él y estas imágenes son más difíciles de combatir que cualquier argumentación personal.

Cuando nos vamos formando en el proceso de socialización, adquirimos nociones, pre-juicios y valores. Poco a poco, de modo inconsciente, vamos construyendo un imaginario de nuestro mundo, incluyendo de las personas que nos rodean. Asimilamos narrativas que reforzamos con nuestras propias biografías, personalidades e intereses. 

Una vez que estas estructuras narrativas se han consolidado son difíciles de combatir, porque no las sentimos ajenas a nosotros mismos. Nos situamos desde ellas, sin haber examinado sus orígenes, sus fundamentos, sus criterios de validez.

Y muchas de ellas pueden servir para legitimar las mayores atrocidades: Desde la condena de un hombre inocente, al genocidio, desde las prácticas autoritarias hasta los sistemas totalitarios, desde la corrupción hasta la exclusión social.

Por esto, es importante analizar nuestras creencias. Por ello, Sócrates llegó a decir que: “una vida sin examen no vale la pena vivirse”.