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Tenemos que reconocer que la situación económica y social por la que está atravesando el pueblo dominicano no es tan halagüeña como para lograr que avancemos hacia un estadio de desarrollo superior al que hasta ahora impone las reglas del juego y las formas y maneras de pensar y actual que nos han estado rigiendo por décadas.

 

Este inhumano y salvaje sistema que nos gobierna, no podrá ser jamás consecuente con los que sufren, ni mucho menos igualitario para todos los sectores sociales que padecen las desigualdades sociales, porque en él se  prohíjan conductas desviadas y corruptas que suelen tragárselo todo cuando llegan al poder como si fueran sanguijuelas que solo piensan en seguir sacándoles al pueblo la última gota de sangre mientras ellos sacian la sed de enriquecimiento mediante la prevaricación de los recursos del Estado, con los cuales se podrían construir hospitales, centros educativos, carreteras y crear más empleos para que hayan fuentes de ingresos.

Es aberrante y desafortunado pensar y creer que en un país como lo es la  República Dominicana, dónde el nivel de pobreza es tan grande y las desigualdades son tan evidentes que, nosotros podamos romper los parámetros y barreras que nos han mantenido en el letargo, la postración y la degradación moral que hemos tenido durante mucho tiempo, pese a que estamos en el siglo 21.

En realidad, si aquí hubiera habido disposición y buena voluntad para encarar de forma valiente, los acuciantes problemas que gravitan sobre esta tierra, en el orden de la alimentación, la salud, la educación y la falta de empleo, yo no diría que no se pudiera hacer algo por nuestra nación y de esta forma retomar el camino que nos trazaron los que ayer lucharon para hacer de esta, un lugar prospero, seguro y confiable para vivir.

¿Pero cómo podríamos lograr convertir a este país en lo que soñaron los que la fundaron en 1844, si quienes nos han conducido desde esa época, lo que han pensado y  actuado, es en resolver los problemas de ellos, sus amigos y de sus familiares?

Se amerita de un estilo de gobierno que lo que prometa en campaña, lo ponga en práctica una vez haya llegado al poder, no para beneficiar a una minoría corrupta y despilfarradora del dinero que posee el erario público, ni a una oligarquía rancia e inmunda que solo le interesa producir riquezas sin importarles cuántos niños recién nacidos mueren cada día por falta de alimentación y cuántos hijos de esta tierra deambulan por nuestras calles en busca del sustento para sus familias.

El rol de un gobierno serio y consecuente con su pueblo, no es hacerse de la vista gorda sobre los problemas y necesidades existente en los estratos sociales más deprimidos, ni mucho menos olvidarse del golpeo sistemático que en efecto los pulpos y sus tentáculos de este país, les endilgan a quienes no tienen la manera de vivir de manera holgada, por la razón de que no se le permite tener acceso a esto, porque los intereses de clase prevalecen ante todo.

Un gobierno de verdad debe preocuparse por los desvalidos, por los que no tienen trabajo, los envejecientes, la educación, la salud, los aumentos de los precios en los artículos de primera necesidad, el transporte, la seguridad ciudadana y por tener una política seria en contra del crimen, la migración y el narcotráfico. Pero eso es soñar y pedir mucho carajo.

Entonces, es preciso que aclaremos esto, porque nadie en este país está en disposición ni en la obligación de continuar trabajando por una causa que en nada beneficia a los sectores populares que sufren el peso de la crisis, sin encontrar quien se conduela de ellos.

Es por estas razones y no por otras que,  el pueblo dominicano está dejando de creer en sus líderes, en los partidos políticos y en las instituciones y personas que han usado al Estado para depredarlo y arrancarles lo que les pertenece a todos